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Two Women Praying

CAMPAÑA DE ORACIÓN 2004
DISCÍPULOS MISIONEROS

En nuestra Iglesia Católica existe una gran diversidad de espiritualidades y ministerios. Por ejemplo, podemos distinguir entre la espiritualidad de los Irlandeses, Italianos, Hispanos, o Afro-americanos; entre la espiritualidad de los Benedictinos, Carmelitas, Franciscanos, y los Jesuitas; y entre la espiritualidad de los laicos, el clero y los consagrados religiosos. No obstante, existe solamente una espiritualidad fundamental Cristiana y una misión para todos los Católicos: discípulos misioneros. Toda la vida y actividad en la iglesia fluye en base a esta espiritualidad.

Tanto, la vida de oración y una vibrante comunión con Dios nutren e inspiran la espiritualidad de todos nuestros ministerios. La oración es el aliento que da vida a nuestra relación con Cristo, y a la vez es esencia de nuestro apostolado, el cual es, llevar a Cristo a todos aquellos que no le conocen. La oración ilumina nuestras mentes y enciende nuestro amor a Dios, a nuestros hermanos y a nosotros mismos. La oración purifica nuestras intenciones y energiza nuestras acciones. La oración despierta nuestra generosidad y sostiene nuestra esperanza. Nuestra oración puede ser tanto vocal o mental, privada, o litúrgica. Todos nosotros somos llamados a ser personas de oración, cualquiera que sea nuestra realidad concreta o momento que vivimos.

Ahora que se aproxima la Campaña de Oración para la Cuaresma del 2004, debemos renovar nuestro compromiso y fidelidad a la oración con nuestro Dios. Debemos reflexionar sobre el amor de nuestro Padre, quién amó tanto al mundo y a nosotros que entregó a su Hijo único. (Juan 3:16) Debemos de orar regularmente el Padre Nuestro, no mecánicamente sino con atención, no como un hábito mas sí con un corazón sincero.

Somos llamados a crecer y profundizar nuestra relación con Cristo, nuestro Señor, y a Él nos hemos entregado como discípulos misioneros. Vivimos en Él y Él vive en nosotros. Él es nuestra Buena Nueva y nuestra Salvación. Somos llamados a compartir Su Amor a los demás, no con arrogancia sino con compasión verdadera. Especialmente en lugares donde nuestros hermanos y hermanas viven aún sin esperanza y sentido de la vida.

Dispongámonos pues, a la acción del Espíritu santo en nuestras vidas, porque Él nos fortalece y nos alienta a profesar nuestra fe valerosamente en obras de justicia y paz. Nuestra espiritualidad será estéril sin el Espíritu, nuestro ministerio será improductivo sin su luz y fuego. ¡Puesto que, Él es la fuente de toda gracia –la razón de nuestra fe en Cristo, la motivación en nuestra continua conversión, y la oración que clama “Abba, Padre!”

Gocémonos con los dones del Espíritu Santo por la intercesión de la Santísima Virgen María, nuestro modelo en el discípulado.

- Por el Dr. George St. Laurent, Parroquia de Santa Juliana Falconieri (Traducción).

 

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